Jesús Hernández Aristu

Special (September 2003)


zum 60. Geburtstag


Felicitaciones para el Maestro

Blas Campos Hernández

Llevo varias semanas rondando esta página en blanco. Entre la mala conciencia de no comenzarla y la impotencia de no decidir que hilo escoger de la rica cesta de madejas de colores que reunen mi larga, intensa y valiosa relación con Jesús. Comencemos por el principio: ¡felicidades!, ¡zorionak!.

Quería decir tantas cosas, me preocupaba tanto poder expresarlas con la dulzura adecuada que sólo he conseguido revivir la sensación de atasco, multiplicada, de mi primer esfuerzo por narrar mi aprendizaje como supervisor. ¿Por dónde empezar?. Quizá por el primer encuentro, ¿en 1983?, recien licenciado, en un seminario sobre pedagogía ... Rememoro aquella vivencia ambivalente: el rechazo que me producía aquel "tufillo" a cura que percibía en ti; y la atracción por tu actitud, tus palabras, tu cercanía y el "aroma" a Rogers, a Freire, que desprendías. ¡Cuánto tiempo ha pasado!.

He recurrido a mi archivo fotográfico. Veo tu rostro entre los alumnos de Bartolomé de Carranza. Caras conocidas, ropajes que nos señalan otra época, sonrisas. Fue durante el Primer Congreso de Educadores Sociales, en Pamplona, yo estaba encargado de documentarlo como fotógrafo. Desde fuera, distanciado. Tu participabas como ponente, también como traductor, facilitando el encuentro, el diálogo con tus amigos alemanes, acercándonos. Quizá esta es una de las imágenes más nítidas para mí. Más allá o más aquí, de tus cualidades, de tu saber y de tu saber hacer: el cauce en el que te construyes. No sólo fluyes y ayudas a fluir, eres también un gran constructor de cauces en los que podemos confluir los demás.

Esta mañana utilicé otra de mis herramientas: estuve leyendo cuentos, relatos que pudiesen sustituir a mis palabras. (Quizá pocos conocen que también has escrito y publicado cuentos para la infancia, cuentos abiertos que invitan al lector a narrar). Repasé narraciones sufis, zen, hasídicas, africanas, europeas... Aparecían muchos diálogos entre un maestro y un aprendiz, pero ninguno se ajustaba a mi corazón. Me quedó una imagen: el maestro.

Después de comer, estuve paseando antes de sentarme a escribir. Llueve ligeramente y las murallas de la vieja Iruña se abren solitarias como un espacio melancólico que me ayuda a centrarme, no en el recuerdo, sino en la emoción. Hoy, al escribirte, siento que yo también he cumplido años. Ahora, para escribirte, necesito alejarme de los recuerdos; para expresarte que siento cómo mi camino está claramente marcado por nuestro encuentro, por los encuentros que propicias en Larraya, los aprendizajes y el afecto que allí he vivido.

El viento ha dispersado las nubes. La atmósfera está límpia, huele a ozono. Hay una luz maravillosa sobre Pamplona. La misma que te deseo, Jesús.

Con afecto y gratitud, un fuerte abrazo


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